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Entrada 10 - Volumen 11
Rosalba Alarcón Peña
Estimados compañeros de Libresta El Flautista, me honra la invitación a participar en esta entrevista. Soy Rosalba Alarcón Peña, Comunicadora Social, especialista en Comunicación Política y Marketing, estudiante del Máster de Cooperación Internacional al Desarrollo y Presidenta del medio de comunicación digital alcarajo.org
Resiliencia, comunicación y patria. Nací en Viotá, Cundinamarca, pero mi esencia es llanera; mis padres me llevaron a los Llanos Orientales al cumplir mi primer año. Mis recuerdos más puros habitan en la finca: la libertad de montar a caballo a los cuatro años y la contemplación de los atardeceres recostada sobre las vacas. Allí comprendí que la vida en el campo, libre de violencia, es el estado de mayor inocencia para un niño.
Juventud y Formación. Mi adolescencia transcurrió en Granada, Meta. Cursé mi educación básica en el Colegio General Santander y culminé mis últimos dos años de bachillerato en el Colegio Antonio Nariño. Competí en baloncesto, atletismo y microfútbol, disciplina en la que incluso llegué a ser instructora. En la Casa de la Cultura, honré mis raíces bailando danza autóctona y tocando el arpa.
Sueños. Mi "lluvia de sueños" se enfrentó a barreras institucionales. Quise ser oficial del Ejército, pero desistí tras confrontar la misoginia y la corrupción de mandos que degradaban el rol de la mujer. Posteriormente, aspiré a la medicina, un camino que la realidad económica de mi familia no pudo financiar, pero que no apagó mi vocación de servicio.
El Exilio. En 2007, debido a la persecución y las amenazas de muerte, partí al exilio hacia Venezuela. Lejos de amilanarme, me convertí en líder:
Urbanismo y Comunidad. Organicé a más de 3,000 personas, realicé labores de topografía y diseñé la red eléctrica de una comunidad donde bauticé la calle principal como "La Gran Colombia".
Academia. Estudié Comunicación Social y cursé tres semestres de Derecho en la Universidad Católica del Táchira. En una librería, hice una promesa: regresar a Colombia para trabajar por la paz de mi gente.

Como fundadora del medio digital alcarajo.org, defiendo un "periodismo propositivo de paz". Mi labor me ha llevado a dialogar con figuras de la alta política global, tales como:
Diplomacia internacional. Serguéi Lavrov (Rusia), Manuel Zelaya (Honduras) y Delcy Rodríguez (Venezuela).
Liderazgos regionales. Iván Cepeda, Gloria Gaitán (hija de Jorge Elieser Gaitán) y los presidentes Pepe Mujica, Hugo Chávez y Sebastián Piñera. Para mí, lo importante no es el nombre del personaje, sino poner el conocimiento adquirido al servicio de los pueblos del mundo.
Filosofía. Me defino como una mujer revolucionaria —en el sentido humanista de Jesucristo—, demócrata y convencida de la formación de cuadros políticos. Defiendo la educación gratuita y obligatoria como el arma definitiva: "Si por décadas se obligó a los jóvenes a empuñar un fusil, es imperativo obligarlos hoy a estudiar para que iluminen el desarrollo del país".
1. Desde tu experiencia como periodista y como persona exiliada, ¿cómo entiendes hoy la relación entre territorio, poder y corrupción, y qué papel juegan las comunidades organizadas para defender la vida, la democracia y los bienes comunes?
Mi primer exilio ocurrió en el año 2007 en Venezuela, motivado por tres hechos violentos que marcaron mi vida y mi lectura del poder. El Estado colombiano (Ejército Nacional, CTI y Policía Nacional), en connivencia con las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), desapareció a mi hermano Irenarco Alarcón y a mi cuñado Jorge Acuña. Previo a esto, en 1998, fui secuestrada y víctima de violencia física. Posteriormente, en 2003, mi familia enfrentó un montaje judicial contra otro de mis hermanos, a quien señalaron falsamente de participar en un atentado contra el entonces presidente Álvaro Uribe Vélez; en este caso, el Estado se vio obligado a indemnizarlo, pues se demostró que todo fue un entramado para justificar los asesinatos que la fuerza pública cometía contra la población civil. El último detonante fue el asesinato de mi primo de 14 años en Lejanías, Meta, a manos del Batallón 21 Vargas, quien fue presentado como guerrillero en una ejecución extrajudicial.
En el exilio me formé como comunicadora social, lo que forjó en mí una perspectiva distinta sobre la importancia de la comunicación. Para mí, esta es la herramienta principal y el eje del poder en todas sus formas. El ser humano no puede vivir sin comunicarse; incluso si no se relacionara con otros seres vivos, mantendría una comunicación constante consigo mismo y con su ecosistema.
La mayoría de los colombianos en el exterior vivimos un exilio físico, pero nuestro pensamiento y alma permanecen conectados con los territorios. Este exilio no es un silencio, sino un salto a la acción: desde la distancia, nos convertimos en cajas de resonancia de las denuncias que el territorio no puede gritar por el asedio. Nuestra labor es alentar al pueblo a no caer en la desesperanza ni en la resignación, sentimientos que la ultraderecha y la oligarquía buscan implantar mediante la violencia paraestatal para inmovilizarnos. Afortunadamente, el alma aguerrida del pueblo ha permitido comprender el poder que reside en el soberano y la importancia de la organización sectorial. El pueblo unido es el máximo poder colectivo; ante esa fuerza, no existe político que pueda ejercer un control absoluto.
La corrupción y el abuso de poder en Colombia han sido posibles gracias a la ignorancia y el exterminio impuestos por la oligarquía. Ese aparato sigue vigente, potenciado por garras imperialistas que hoy atentan contra la soberanía de nuestros pueblos como parte de un modus operandi global. Frente a esto, la defensa de la democracia es inseparable de la protección de los bienes comunes: la tierra, el agua, la biodiversidad y, fundamentalmente, nuestra infraestructura y soberanía digital. Sin el control de nuestros recursos naturales y de las tecnologías que median nuestra comunicación, la democracia es solo una palabra vacía.
Para defender esta nueva realidad, el pueblo debe primero entender que la verdadera democracia consiste en que el Estado garantice todos los derechos sociales, políticos, económicos y culturales. En Colombia, se asesina a líderes sociales por hacer pedagogía sobre políticas públicas. Por tanto, el papel del pueblo es formarse día y noche, resistiendo ante una guerra cognitiva voraz que mina la mente de forma imperceptible. Solo a través del autoaprendizaje y la organización soberana podremos construir una democracia que proteja la vida y recupere lo que nos pertenece a todos.
2. Has estado cerca de procesos de paz y luchas sociales en Colombia. ¿Qué aprendizajes dejan esas experiencias para pensar territorios autosustentables que no solo cuiden el medio ambiente, sino también la dignidad, la memoria y la justicia social?
Sí, para mí ha sido un honor participar como asesora de comunicaciones en los diálogos de paz entre el Gobierno de Colombia y el Ejército de Liberación Nacional (ELN). Fue mi primer acercamiento directo a esta insurgencia para comprender su visión política, su estructura armada y su proyecto de país.
De esta experiencia extraigo cuatro lecciones fundamentales para pensar los territorios:
Primero, la realidad contradice las narrativas implantadas por décadas desde el Estado colombiano, que presentan a la insurgencia como personas sin preparación dedicadas únicamente al crimen. Por el contrario, conocí a dirigentes políticos armados con una sólida formación académica y cicatrices profundas causadas por la sistemática violencia paraestatal. Son seres humanos que, a pesar de estar curtidos en el fragor político-militar, mantienen la sensibilidad, los sueños y la capacidad de empatizar.
Segundo, la importancia de la educación como herramienta de liberación. Existe un impulso constante hacia la formación académica de hombres y mujeres para que las comunidades adquieran el conocimiento necesario y participen con voz propia en los asuntos sociales, políticos y culturales. Sin educación propia, no hay soberanía posible.
Tercero, la aplicación de una comunicación para la paz que trascienda el conflicto interno. Es fundamental perder el miedo a abrir espacios de diálogo con todos los actores que presentan un proyecto de país. Como establece el artículo 22 de nuestra Constitución, la paz es un derecho y un deber; mi contribución se da a través del ejercicio periodístico y el fortalecimiento de medios que narren la verdad del territorio.
Cuarto, la autosustentabilidad territorial como eje de la dignidad. Un territorio no es sostenible solo por la ausencia de conflicto, sino por su capacidad de autodeterminación industrial y tecnológica. Para que exista paz, el Estado debe ser garante honesto, activando el financiamiento y la educación técnica que permita a las comunidades gestionar sus propios recursos: desde la producción de alimentos hasta la creación de infraestructuras digitales soberanas. La verdadera justicia social ocurre cuando el territorio no depende de garras externas, sino que industrializa su propio saber y protege sus bienes comunes, garantizando así una memoria viva y un futuro económico independiente.
3. En un contexto de avance de las ultraderechas y la criminalización del activismo, ¿cómo pueden el periodismo independiente y las redes ciudadanas proteger iniciativas comunitarias, economías locales y proyectos alternativos al modelo extractivista?

En primer lugar, es necesario precisar que el avance de las ultraderechas es síntoma de un sistema global donde estructuras criminales han capturado los aparatos estatales. Desde allí, instrumentalizan a las facciones radicales de Latinoamérica para aplicar, metodológicamente, un manual de exterminio social. Esto no es solo un ataque contra el activismo; es un proyecto que busca reducirnos a la esclavitud moderna, minando nuestra autoestima, limitando nuestra capacidad económica y criminalizándonos para apresarnos tanto física como cognitivamente.
Ante este panorama, el camino para proteger lo común requiere una estrategia de Soberanía Integral:
Disciplina en la formación de cuadros: Debemos avanzar hacia una formación integral donde el activismo se transforme en cuadros políticos con capacidad técnica. Esto permite comprender que la lucha no es solo por ideales, sino por el control de nuestra realidad material.
Periodismo como eje de Seguridad Nacional: El periodismo independiente debe romper su servidumbre al poder y a la métrica del algoritmo. Nuestra responsabilidad social es absoluta: democratizar la información para romper el cerco de la guerra cognitiva que busca desarticular a los pueblos.
Articulación de redes ciudadanas: No basta con "informar"; el periodismo y las redes deben servir de puente para articular a las comunidades. Entre nosotros no hay competencia; hay un fortalecimiento mutuo basado en la pluralidad y la multiculturalidad.
Defensa del modelo económico soberano: La protección de las economías locales frente al modelo extractivista se logra visibilizando las iniciativas comunitarias como células de resistencia industrial y tecnológica. El extractivismo no solo daña la tierra; nos roba el capital necesario para nuestra propia industrialización. Por ello, el periodismo debe denunciar el saqueo y, a la vez, promover proyectos alternativos que garanticen que la riqueza se quede en el territorio para financiar su propio desarrollo y seguridad.
4. Cuando hablamos de autosustentabilidad, muchas veces se reduce a lo ecológico. Desde tu mirada, ¿por qué es imposible hablar de territorios autosustentables sin paz, democracia real, equidad de género e inclusión social?
Es imposible alcanzar la autosustentabilidad si no comprendemos que la paz es una integralidad con el todo: con el universo, la espiritualidad, el medio ambiente, los territorios y el ser humano. No se puede aspirar a territorios sustentables cuando la "casa" del individuo —su cuerpo y su psique— carece de paz interna o de una democracia del pensamiento. Sin el reconocimiento propio (equidad) y la armonía individual, la inclusión y la adaptabilidad social se vuelven metas inalcanzables.
Bajo esta mirada, la autosustentabilidad requiere de dos transiciones fundamentales:
La transición individual: El despertar de la conciencia y el equilibrio personal como base del liderazgo.
La transición colectiva: Consiste en unificar y articular las acciones individuales para la construcción de lo común.
Desde una perspectiva práctica, así como un emprendimiento requiere un estudio de mercado para determinar su público y financiamiento, la autosustentabilidad de un territorio exige una articulación de compatibilidad social, cultural y económica. No existe soberanía alimentaria o energética si no hay una sociedad organizada y en paz que pueda gestionar esos recursos. Por tanto, la paz y la democracia real no son adornos del sistema, sino los cimientos sobre los cuales se construye la independencia productiva y la seguridad de los bienes comunes.
Parto por compartirles mi realidad actual: en el año 2020, debido a la feroz persecución del gobierno de Iván Duque en colusión con el grupo paramilitar Clan del Golfo, me vi obligada a retomar el camino del exilio. Al poder le incomodó que nuestro medio de comunicación digital, alcarajo.org, denunciara con rigor las masacres que se estaban cometiendo contra el pueblo colombiano. Debo ser clara: la persecución no ha cesado y mi vida sigue bajo amenaza.
5. Pensando en el presente y el futuro, ¿qué mensaje le darías a las nuevas generaciones que quieren defender sus territorios, crear redes solidarias y resistir sin caer en el miedo, especialmente en contextos de persecución política o exilio?
A las nuevas generaciones les digo que el arma más poderosa contra las mafias es el conocimiento. No se trata solo de develar sus actos de corrupción y criminalidad, sino de instruirse académicamente de forma integral. La formación es lo que les arrebata el dominio sobre nosotros; no es lo mismo que un político pretenda darnos lecciones de democracia cuando nosotros ya poseemos un criterio propio y soberano sobre ella.
En este siglo XXI todo está conectado. Las redes de solidaridad no pueden limitarse al territorio local; deben extenderse a nivel nacional e internacional como una cadena de protección y denuncia. Jamás permitan que el miedo los domine, porque el miedo debilita, limita y entrega nuestro poder al opresor.
Al pueblo colombiano le han hecho creer que los derechos básicos son un lujo, y eso es falso. Los derechos colectivos son, en esencia, derechos individuales, y para hacerlos realidad estamos obligados a participar activamente en la conducción del país. Eso sí: cuando se preparen y lleguen al poder, no se conviertan en lacayos ni en vende-patrias; no olviden el sufrimiento que han padecido sus familias durante décadas. La lealtad debe ser siempre con el pueblo y con la soberanía de nuestra nación.
Redes sociales.
X @RosalbaAP_ / @AlCarajoOrg
Página web: www.alcarajo.org
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