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Entrada 7 - Volumen 11
Santiago Rivas
Mi nombre es Santiago Rivas. Soy artista plástico de educación y, por deformación, me convertí en comunicador y periodista. Creo que tengo varios talentos, pero el principal —hasta donde entiendo— es desmenuzar los procesos. Tengo otro talento muy notable, que es hablar en público: soy una persona elocuente.
Compagino mis talentos para dibujar, hacer collage y componer imágenes con mi capacidad de trabajo y con esa habilidad para analizar procesos creativos, lo que me ha permitido hacer varias cosas al mismo tiempo.
No he obtenido reconocimientos más allá del favor del público, lo cual me honra profundamente. He ganado varios Premios India Catalina como mejor presentador de entretenimiento y un Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar como parte de Presunto Podcast. Me considero un buen conversador.

He conocido a varias personas a las que admiro y, en general, la impresión que me he llevado es la más sana posible: son seres humanos. Creo que yo mismo me he encargado de no exacerbar mis expectativas.
El escenario o plataforma más memorable del que he hecho parte ha sido, probablemente, el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, aunque no me mido por premios ni concursos. Fui campeón de rugby de la liga bogotana con el equipo de la Universidad Nacional, y ese es uno de los orgullos más grandes que tengo.
Actualmente estoy en muchas cosas. Trabajo en la Secretaría de Cultura de Bogotá como asesor creativo y en el área de comunicaciones de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia, que es la facultad donde estudié Artes Plásticas.
Doy clases de collage en un espacio propio llamado Urraca Collage, un emprendimiento personal. Allí vendo sándwiches y, además, mermeladas picantes y mayonesa de ajo.
También trabajo como freelance: entrevistador, moderador, conferencista, presentador de eventos e influencer en redes. Básicamente, hago lo que aparezca como trabajo para diversificar lo más posible mi portafolio, lo que me ha permitido tener una economía no solo diversa, sino —afortunadamente— muy divertida.
1. Además de Colombia, la sociedad humana, entera, aborda crisis en lo económico, político, social, cultural, ambiental, tecnológico y judicial. Si entendemos que los cambios deben realizarse deconstruyendo los modelos preestablecidos hasta la fecha, dejándonos “partidas de ajedrez” en las que lo tradicional se resiste a cambiar frente a los movimientos de transformación, ¿cuál es la hoja de ruta para conseguir modelos de desarrollo sostenible? ¿En qué orden de prioridad debemos enfocar los esfuerzos?
Creo que la ruta para conseguir modelos de desarrollo sostenible consiste en muchísimas cosas. Lo primero es no caer en la tentación de proponer soluciones individuales a problemas colectivos o sistémicos. Entender la naturaleza sistémica de estos problemas es fundamental.
También es clave hacer acuerdos sociales, y uno de esos acuerdos debe ser el compromiso con la noción de proceso. Cuando entendemos que estamos participando de un proceso —que podemos equivocarnos, retroceder y volver a empezar— y cuando asumimos que, como sociedad, somos tan rápidos como el más lento de nosotros, empezamos a construir soluciones reales.
Si queremos progreso inmediato o a la medida de quienes ya son progresistas, viviremos frustrados. La solución debe pensarse desde lo colectivo, no impulsada por una sola persona o por grupos pequeños, sino comprometiendo a la mayor cantidad de gente posible.
El primer acto creativo es la mirada. Por ahí se empieza.
Pero también es fundamental dejar de decirnos mentiras. Hay cosas que definitivamente tienen que cambiar y que deben volverse incómodas. El capitalismo, por ejemplo, debe ser abolido y transformado. Pretender mantener el mismo sistema económico y obtener resultados distintos es una locura. Este modelo de consumo desbordado y acumulación de capital es incompatible con cualquier progreso ambiental real.
Tenemos que mirarnos de frente, entender nuestras opciones y prepararnos para incomodarnos, porque la incomodidad es parte inevitable del cambio.
2. ¿Qué rol debe interpretar el sistema judicial en todo esto?
El rol del sistema judicial tiene que ver, como en Colombia, con el progreso social. Es importante que exista una rama del poder que observe a la sociedad y que, en nombre de las necesidades reales, se atreva a repensar el derecho y la justicia como un bálsamo social.
Cada rama del poder debe ser contrapeso de las otras. Necesitamos una rama judicial que verifique el cumplimiento de los derechos, pero que también presione y empuje para que las demás ramas actúen conforme a sus deberes.
3. Frente a la manipulación mediática y la falta de sanciones reales, ¿consideras que la academia está fallando en su responsabilidad ética y formativa?
No creo que la solución pase por tarjetas profesionales. La academia debe hacer un mejor trabajo, pero alejándose del modelo corporativo de los medios y enfocándose en el impacto cultural y la función social del periodismo.
Preparar a la gente para un periodismo que ya no existe fue un error. El periodismo actual es completamente distinto, y muchos egresados quedaron a la deriva tras la crisis del modelo de negocio.
El periodismo se integró demasiado al poder, y ese poder le concede una falsa libertad. En Colombia no existe tarjeta profesional de periodista —y no debería existir— porque el periodismo es un oficio, nutrido por múltiples disciplinas.
La ética debe reconstruirse por acuerdo social. La sanción social es importante, pero minar la libertad de prensa es un error grave. El problema real está en las relaciones entre medios y poder político.
La libertad de prensa no es libertad de empresa: es el derecho del público a estar bien informado.

4. Sobre Gaza y el rol del sector cultural y de opinión pública
Lo que ocurre en Gaza es, ante todo, un asunto económico. Existe una red de intereses que sostiene el silencio frente al genocidio y una narrativa que presenta a Israel como víctima, ignorando la deshumanización sistemática del pueblo palestino.
La violencia es tan extrema que muchas personas prefieren callar antes que aceptar que defendieron lo indefendible. Criticar a Israel implica confrontar estructuras centrales de poder en Occidente.
Amplificar las voces que denuncian este genocidio es fundamental. No todo es opinable: existen hechos probados, cortes multilaterales y acuerdos internacionales que deben respetarse.
Si permitimos que esto pase como una simple opinión, normalizamos que cualquier atrocidad sea relativizable. Hablar, señalar y sostener la conversación es la única forma de romper el silencio.
5. ¿Cómo auditar ética y colectivamente la inteligencia artificial?
Lo primero que hay que decir es que no necesitamos la inteligencia artificial. Se nos ha vendido como inevitable, pero es una narrativa construida por quienes están entrando a ese negocio. Es una extensión del capitalismo de vigilancia.
Está diseñada para hacer ganar dinero a muy pocos y reemplazar trabajo humano. Se presenta como inevitable, infalible e ineludible, y eso no es verdad.
Para combatir esa falsa necesidad debemos recurrir a la inteligencia real: la inteligencia humana, cuya forma más pura es la inteligencia colectiva. Nadie es bruto acompañado.
El aislamiento deteriora nuestra capacidad de discernir. Recuperar la conversación, el diálogo y el conocimiento compartido es fundamental.
No necesitamos inteligencia artificial: esa necesidad también es artificial.
Lo que se nos vende es comodidad a costa de nuestra propia inteligencia, y eso no podemos permitirlo.
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