Julio César González “Matador”, caricaturista político colombiano, reflexiona sobre censura digital, humor y poder.

Matador: la risa como trinchera frente al poder y el algoritmo

February 02, 20267 min read

Entrada 3 - Volumen 11

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Julio César González - Matador

Mi nombre es Julio César González, aunque muchos me conocen como Matador. Soy un garabateador compulsivo que hace mamarrachos. Esa única neurona que me sirve para dibujar me ha permitido vivir de lo que me gusta, hacer lo que quiero y ser feliz con un lápiz y un papel. Además, soy el papá de Sara y Mateo.

Creo que mis talentos son simples: sé garabatear con lo que tenga a la mano y tengo sentido del humor. De esa mezcla nacen la caricatura y la crítica política. No sirvo para mucho más que rayar y burlarme. Hay un texto de Barbe, La risa caníbal, que dice que cuando uno se burla de otro, se lo devora metafóricamente. La risa es una forma de devorar al poder, incluso cuando ese poder es muy poderoso.

Mi historia no empieza cuando llegué a los medios, sino mucho antes, cuando aprendí a agarrar un lápiz debajo de la mesa de corte en la zapatería de mi papá. No dibujaba en papel, sino en retazos de cuero. Ahí inventaba personajes y hacía mis primeros mamarrachos.

He recibido algunos premios de periodismo, pero no les doy demasiada importancia. El mayor reconocimiento es que alguien me diga en la calle que se rió con una caricatura. Eso vale más que cualquier galardón, aunque los premios también son bonitos.

Plantilla Matador

Nunca conocí personalmente a muchos de mis grandes referentes, como Quino o Fontanarrosa. El ídolo más cercano que he tenido ha sido Daniel Samper Pizano, amigo de varios de ellos. Vivo en Pereira, lejos de la capital, y eso me mantuvo al margen de los círculos del gremio. Aun así, esos referentes marcaron mi carrera y dejaron una huella imborrable. Admiro el talento humano en todas sus formas, desde quien hace mamarrachos hasta el artista más virtuoso.

No he sido muy cercano a la agremiación de caricaturistas, aunque mantengo contacto con muchos. Una de las plataformas más memorables en las que participé fue La Feria del Millón, donde expuse mis caricaturas en dos ocasiones. Mi trabajo ha sido más independiente que gremial.

Como caricaturista político de izquierda, y en un país históricamente gobernado por la derecha, decidí lanzarme como candidato al Congreso. Ha sido una experiencia interesante defender un proyecto político en un país tan desigual como Colombia, con pocos recursos pero con convicción. Todos tenemos una posición política y sesgos; la caricatura y el arte también los tienen.

Este nuevo escenario me ha permitido usar la caricatura desde otro lugar. Además, trabajé con la Unidad de Implementación del Acuerdo de Paz, recorriendo territorios afectados por el conflicto, hablando de paz y haciendo murales. No sé hacer murales, pero rayar paredes en esos contextos fue una experiencia poderosa que me permitió conocer de cerca la realidad del país.

Actualmente trabajo en un proyecto para financiar mi campaña política mediante la personalización de objetos: estoy pintando cincuenta pares de tenis con la paloma de la paz y animales endémicos de Colombia. Proyectos hay muchos; lo que no queda es tiempo.


Como caricaturista, llevas años denunciando los abusos del poder con sátira, tinta y rabia lúcida. ¿Te imaginas cómo sería hacer esa resistencia en un futuro donde la censura se administre con algoritmos y cada línea de tu trazo sea vigilada por una IA?

El día que me dieron el aval político, el 5 de diciembre, para presentarme como candidato al Congreso por el Pacto Histórico, Facebook me bloqueó la cuenta. Era una cuenta con un millón doscientas mil personas. Desde hace tiempo, gran parte de mi contenido son caricaturas, y la caricatura política es efectiva cuando dice la verdad con humor.

Es evidente que las plataformas aplican formas de censura velada: si no eliminan una publicación, como ocurre en X, reducen drásticamente su alcance. Esto me pasó con el tema de Palestina. Publicaba muchas caricaturas denunciando el genocidio en Gaza y notaba una diferencia clara: publicaciones habituales alcanzaban 30.000, 50.000 o 60.000 vistas, mientras que las relacionadas con Gaza apenas llegaban a 1.000, 2.000 o 5.000.

Incluso, en varios pantallazos aparecían mis caricaturas denunciadas, traducidas al árabe, por personas vinculadas al Mossad. Ahí entendí que, cuando el contenido es crítico, especialmente en forma de caricatura, las plataformas castigan con fuerza.

Me penalizaron numerosas caricaturas en Facebook y ocurrió lo mismo en YouTube. Cuando Elon Musk hizo un gesto similar a un saludo nazi, realicé una caricatura al respecto y fue eliminada. También bajaron caricaturas que había hecho años atrás sobre Donald Trump.

Todo esto muestra que el algoritmo busca impedir que se diga la verdad cuando afecta los intereses de los dueños de las plataformas o de ciertos poderes. Es una forma de cibersensura cada vez más evidente y más cruda. Son los tiempos que nos tocaron vivir, pero hay una frase que me gusta mucho: la mordaza alimenta la mordacidad. De una u otra forma, el ser humano siempre encuentra un resquicio para comunicar y denunciar las atrocidades del propio ser humano.


IA + Diseño

¿Qué papel podrían jugar los artistas gráficos y caricaturistas en una sociedad distópica controlada por gobiernos autócratas que usan inteligencia artificial para manipular la opinión pública?

Este año estuve pintando muchos murales con la paloma de la paz en lugares donde el conflicto armado ha dejado huellas de sangre y dolor, en regiones apartadas de Colombia. Ahí entendí que, en un muro, en una caricatura o en un cuadro, se puede plasmar un mensaje que —salvo que circule por redes— queda fuera del alcance del algoritmo.

Es cierto que pueden censurar la fotografía o su difusión, pero llega un punto en el que es posible burlar la entrada de esos algoritmos. Ir a pintar un muro, tomar una fotografía y compartirla en espacios distintos a las plataformas de siempre, controladas por los mismos poderes, por los tecnorricos y las tecnodictaduras, es una forma de darle la vuelta a esta situación.

Eso exige ser más creativo, pero también confirma algo: el ser humano siempre encuentra salidas.


En muchos de tus dibujos has ridiculizado el autoritarismo. ¿Crees que ya estamos entrando en un “autoritarismo digital”?

En realidad, ya estamos inmersos en un autoritarismo digital, y eso es evidente. Lo vemos con casos como los archivos de Epstein, con Donald Trump y con el uso de la inteligencia artificial para generar campañas tan vacías como las de Milei o las de Abelardo de la Espriella en Colombia, recurriendo a animales, tigres y otros recursos similares.

Lo que realmente me preocupa no es la inteligencia artificial en sí, sino que la gente esté dejando de pensar por cuenta propia debido a la comodidad que ofrecen los algoritmos. Por eso, es necesario que las personas vuelvan a los libros.

De algún modo, estamos regresando a una especie de Edad Media digital: libros prohibidos, ocultos o simbólicamente quemados. El libro es un soporte resistente; aguanta casi todo, salvo el agua y el fuego, y sigue siendo una herramienta poderosa. Creo que, en el futuro, los libros se convertirán en un acto de subversión frente a todo este sistema.


Desde tu mirada de cronista visual del absurdo nacional, ¿qué podemos hacer hoy para que el arte y el pensamiento crítico no sean domesticados por estas nuevas formas de dominación digital?

Creo que tenemos que volver a lo más simple, a lo esencial: al lápiz, al papel, a la mano y al cerebro que moldea la idea. Necesitamos reconectarnos como seres humanos, volver a la aldea, a la cueva, a lo natural en todos los sentidos.

La tecnología es una herramienta hermosa y poderosa, pero también nos causa un daño profundo a nivel cerebral y cognitivo. Estamos expuestos a tal cantidad de información que una persona puede recibir en un solo día más de la que un habitante de la Edad Media recibía en toda su vida.

Lo que me preocupa es ver a las nuevas generaciones, a las que ya casi nada asombra, porque todo está a un clic de distancia en una pantalla.

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